A los siete u ocho años, sin querer queriendo, fui criando gatos a los que maltrataba en mi inmadurez. Mis abuelos, generalmente no se podían negar a un vecino o familiar que les ofrecía gatunos. Hubo una época en la que en casa llegaron a ser como 10 felinos que de un momento a otro fueron desapareciendo quién sabe por qué. Generalmente los gatos no eran míos sino de mis jóvenes y jodidos tios.
Como yo era un simple mocoso no desarrollaba un vínculo más sentimental con las mascotas, los acariciaba y jugaba con ellos pero nunca me sentí triste cuando mis tíos y abuelos decidían deshacerse de ellos. Como propiamente no eran mis gatos y como mis padrés estaban más concentrados en sus trabajos solo aceptabamos la realidad y a seguir jugando a que era un super Sajayin.
Pero todo cambió a los 10 años. Una tarde que mi madré iba a recogerme a mí y a mis hermanos al colegío se encontró a un pequeño gato abandonado en la acequía. El pobre no tenía más de tres meses y unas siete largas vidas por delante pero sus antiguos dueños ya habían decido un cruel futuro para él: dejarlo en la alcantarilla hasta que muera. La conexón entre mi madre y ese pequeño gato indefenso y abandonado fue inmediata. Lo llevó a casa, lo baño y lo adoptó como hijo suyo para siempre. Así llegó BORIS a mi vida y así mi madré fue enseñándome, sin darse cuenta, a querer a los gatos como si fueran de mi propia sangre.
Luego de varios años y de una buena vida, Boris fue separado de mi pobre mamá a traición. El dolor fue tan grande que decidimos no volver a tener mascotas propias para evitarnos las penas. Hasta mi padre, con todo lo rudo que aparentaba, se puso triste ese día.
Cuando tuve 15 años todo volvió a cambiar. Una amiga del colegío me ofreció una gatita de dos meses y me habló tan bonito que dudé en decirle que no ya que el plan familiar por años desde la desaparicón de Boris era nada de mascotas. Tuve que regarle a mi madre para que acepte, convencer a mi padre fue fácil. Sabía que tendría en contra a mi malvada tia, horrible tio politico y al cascarrabias de mi abuelo, pero no me importó y así llegó DARLA a mi hogar. Con el tiempo mi madre aprendió a quererla y fue la engreida. La quise tanto, la quisimos tanto...
Yo todavía no tenía fortaleza para enfrentarme a la horrible familia de mi papá (vivimos en la casa del abuelo). Por eso nunca reclamé que hayan regalado sin mi permiso a la primera camada que tuvo Darla. A la semana de tener su segunda camada de crías, mi DARLA fue envenedada por mi horrible tío político. Fue cruel y ardió Trolla en mi casa pero a mi gatita nadie me la iba a devolver. Odié a la familia de mi papá,que tambien era mi familia, y juré no volver a tener un gato para no volver a sufrir.
Ironías de la vida. A los años de todo lo sucedido, el novio infiel de mi tía malvada le regalo un gatito negro. Cuando lo vi quise hacerle la vida imposible y siempre peleabamos pero algo en mi interior me obligaba a quererlo. Él me arañaba y yo lo molestaba. Sin darme cuenta fui haciendo mio al gato que a mi tia no le importaba. Así llegó NEGRETE.
A los meses, el novio infiel de mi malvada tia le regaló una gatita blanca a la que llamé BLANQUETA y con la cual, Negrete tuvo crías. A mi mamá no le gustaba mi el gato negro ni la gata blanca pero grata fue su sorpresa cuando vió que una de las crías era idéntico al desaparecido Boris. Entonces supinos que de los tres gatitos que nacieron, el que se parecía a Boris se quedaría con nosotros mientras los otros dos serían dados en adopción. BORIS 2, GRAN BORIS o simplemente BORIS fue el nombre que le pusimos al nuevo bebe en honor al primer hijo gatuno de mi madre.
A los dos meses, Blanqueta abandonó a la familia para irse con los gatos del vecindario. Negrete con el tiempo tuvo duras batallas con los demás machos del barrio y terminó por no regresar de sus escapadas. Gran Boris se quedó sin padres gatunos pero con unos padres humanos que lo adoramos. Con el tiempo abandonarían a un chusquito gatito en la puerta de mi casa al cual adoptaría y al que llamaríamos CHIRI. Luego llegaría una vagabunda CHILALA que a la postre sería la madre de los hijos de Gran Boris.
Con los años, uno aprende a cuidarlos y lentamente aprende sobre su crianza. No sé que más vendrá pero sé que cada día quiero más a los gatunos.